ATENCIÓN PREFERENTE A LOS AGONIZANTES
El rezo del Rosario de la Divina Misericordia (coronilla) por los agonizantes constituye la más importante obra de misericordia emprendida por el Apostolado de la Divina Misericordia de Toledo
El 28 de enero de 1938, santa Faustina Kowalska, ocho meses antes de morir, escribió lo siguiente:
“Hoy el Señor me dijo: Escribe, hija Mía, estas palabras: Todas las almas que adoren Mi misericordia y propaguen la devoción invitando a otras almas a confiar en Mi misericordia no experimentarán terror en la hora de la muerte. Mi misericordia las protegerá en ese último combate…” (Diario de la Divina Misericordia, 1540).
EL INTERIOR DEL MORIBUNDO, UN MISTERIO
Lo que ocurre en el último tramo de la vida en el interior del que está llegando a su fin de su vida terrena, es decir, en el tiempo de la agonía, es un misterio. Podemos saber bastante de su estado físico: el estado de sus constantes vitales, de su respiración, su aspecto, podemos observar si puede o no puede expresarse con palabras o gestos, etc., pero toda esta información se reduce al plano físico, es decir, al estado de su cuerpo.
También, aunque con menos precisión, por las señales que envía el cuerpo, podemos saber, más bien vislumbrar, algo de su estado psicológico. El moribundo puede vivir su muerte de manera negativa: con enfado, con miedo, angustia, desesperación, rabia, etc.; o bien, al contrario. Hay moribundos que encaran la muerte de manera muy positiva: con aceptación, con serenidad, con paz, etc., y en el caso de muchas almas santas, con dulzura y alegría.
En cambio, no tenemos ninguna posibilidad de saber lo que ocurre a nivel espiritual (a no ser que el moribundo esté plenamente consciente y pueda revelarlo). Esta ignorancia de la vida interior de otro no se da porque el hombre esté muriendo, sino porque es hombre, siendo indiferente la edad o el estado de salud ya que el interior de una persona es un conocimiento reservado solo a Dios. Jesús, porque era Dios, “no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2, 25), y es que los hombres juzgamos por apariencias, “el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón” (I Sam 16, 7). Lo que ocurre en el espíritu humano es siempre un misterio que está vedado al exterior, de manera que lo que esté viviendo en el alma del moribundo solo lo saben él y Dios, y también los bienaventurados del cielo a quienes Dios quiera hacerles partícipes de ese trance: la Santísima Virgen, el ángel custodio, y tal vez algunos santos concretos.
Hay, además, otra razón para explicar este desconocimiento y es la nota de singularidad que caracteriza a toda persona. La muerte es un acto personalísimo, el acto más importante al que ha de enfrentarse todo hombre. Y resulta que como en los seres personales no cabe la repetición (todos somos seres singulares, cada uno con una biografía única), tampoco hay muertes repetidas. Todas las vidas son únicas y todas las muertes también.
Siendo esto así, hay que añadir un dato más. Son varias las revelaciones privadas, aceptadas por la Iglesia, por las cuales sabemos que las horas previas a la muerte son horas de lucha espiritual muy intensa. Santa Faustina Kowalska, que fue bendecida con gracias místicas extraordinarias, en el punto 1698 del Diario nos brinda una aportación que merece la pena leer:
“Acompaño frecuentemente a las almas agonizantes e impetro para ellas la confianza en la Divina Misericordia y suplico a Dios la magnanimidad de la gracia de Dios que siempre triunfa. La Divina Misericordia alcanza al pecador a veces en el último momento, de modo particular y misterioso. Por fuera parece como si todo estuviera perdido, pero no es así; el alma iluminada por un rayo de la fuerte, y última, gracia divina, se dirige a Dios en el último momento con tanta fuerza de amor que en ese momento postrero obtiene de Dios [el perdón] de las culpas y de las penas, sin darnos, por fuera, ninguna señal de arrepentimiento o de contrición, porque ya no reacciona a las cosas exteriores. Oh qué insondable es la Divina Misericordia. Pero, ¡qué horror! También hay almas que rechazan voluntaria y conscientemente esta gracia y la desprecian. Aun ya en la agonía misma, Dios misericordioso da al alma un momento de lucidez interior y si el alma quiere, tiene la posibilidad de volver a Dios. Pero a veces, en las almas hay una dureza tan grande que conscientemente eligen el infierno; frustran todas las oraciones que otras almas elevan a Dios por ellas e incluso los mismos esfuerzos de Dios…” (Diario, 1698).
En todo caso, para lo que aquí interesa, nos quedamos con esas palabras del Señor, del punto 1540 que hemos citado: “Mi misericordia las protegerá en ese último combate…”.
EL ÚLTIMO COMBATE
Estas palabras del Señor a santa Faustina son un eslabón más de una larga cadena de revelaciones privadas recibidas por muchos santos, según las cuales son muchas las almas que en la hora de la muerte sufren un durísimo ataque por parte de las fuerzas del mal (los demonios). Todo parece indicar que, viendo que el alma puede escapar de sus garras, los demonios emplean toda su artillería para conseguir la condenación eterna del moribundo. Muy dura debe ser la lucha de ese “último combate” que, según las palabras del Señor, debe causar, no miedo, sino “terror”. Fijándonos solo en algunas de las revelaciones más extendidas y aceptadas, podemos creer y entender que muy dura debe ser esa lucha última cuando las grandes promesas del Corazón de Jesús a santa Margarita María de Alacoque, de la Divina Misericordia a santa Faustina Kowalska y de la Santísima Virgen a los santos pastores de Fátima, coinciden en prometer su ayuda en ese trance angustioso. Desde los primeros siglos del cristianismo, especialmente a partir del concilio de Éfeso, así lo entendió el sentido de la fe del pueblo cristiano cuando en la oración del Avemaría quedó fijada la petición a la Virgen de que rogara por nosotros “en la hora de nuestra muerte”. Muy dura debe ser esa lucha final, cuando la Iglesia puso ni más n menos que a san José como patrono de la buena muerte.
¿QUIÉNES SON LOS COMBATIENTES?
Las fuerzas del mal, Satanás y sus secuaces contra la acción de las fuerzas del bien: nuestro Señor Jesucristo, la Santísima Virgen, san José y el ángel custodio del agonizante. En esta lucha el que decide el resultado es el moribundo que constituye, además, el campo de batalla. En él se da el combate y él es quien decide porque de su voluntad depende hacia dónde inclinarse: a aceptar la salvación de Dios, confiando en su misericordia, con un profundo arrepentimiento de sus pecados; o bien, a mantenerse en su orgullo sin arrepentimiento, cayendo en los dos pecados contra la esperanza: sea la presunción de que se salvará dando por hecho que no hay infierno, sea por desesperación desconfiando de la misericordia de Dios.
LA CLAVE
La clave está en la confianza. En el punto 1777 del Diario, santa Faustina recoge estas palabras de Jesús: “Reza, cuanto puedas, por los agonizantes, impetra para ellos la confianza en Mi misericordia, porque los que más necesitan la confianza son ellos, quienes la tienen muy poca”.
¿CÓMO AYUDAR ESPIRITUALMENTE A LOS MORIBUNDOS?
- En primer lugar, y por delante de cualquier otra ayuda, con los sacramentos. Si la persona está en condiciones de confesar, lo primero es hacer una buena confesión para recibir la absolución de manos de un sacerdote. Y tras la confesión, la Unción de los Enfermos y la Sagrada Comunión. Si el moribundo está consciente, pero no hay sacerdote que pueda administrar los sacramentos, lo que corresponde es hacer un acto de contrición lo más perfecto posible, con arrepentimiento dolorido y profundo por las ofensas contra Dios, nuestro Padre y Creador, invocando el nombre de Jesús y acogiéndose con a su infinita misericordia con toda confianza.
- En segundo lugar, con el rezo de la coronilla de la Divina Misericordia.
- En tercer lugar están las oraciones de recomendación del alma.
- Otras ayudas muy recomendadas son el rezo del santo rosario a la Virgen y las oraciones a san José y al santo ángel custodio del moribundo.
¿POR QUÉ INSISTIMOS EN EL REZO DE LA CORONILLA POR LOS AGONIZANTES?
Porque así nos lo ha transmitido santa Faustina Kowalska de parte del Señor. Algunos puntos ya han sido citados anteriormente, pero son varios. Véanse los siguientes:
687. En una ocasión, mientras iba por el pasillo a la cocina, oí en el alma estas palabras: Reza incesantemente esta coronilla que te he enseñado. Quienquiera que la rece recibirá gran misericordia a la hora de la muerte. Los sacerdotes se la recomendarán a los pecadores como la última tabla de salvación. Hasta el pecador más empedernido, si reza esta coronilla una sola vez, recibirá la gracia de Mi misericordia infinita. Deseo que el mundo entero conozca Mi misericordia; deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en Mi misericordia.
1035. Esta noche estaba muriendo un hombre, todavía joven, pero sufría tremendamente. Empecé a rezar por él esta coronilla que me ha enseñado el Señor. La recé toda, sin embargo la agonía se prolongaba. Quería empezar las Letanías de Todos los Santos, pero de repente oí estas palabras: Reza esta coronilla. Comprendí que esa alma necesitaba muchas oraciones y gran misericordia. Me encerré en mi habitación aislada y me postré en cruz delante de Dios implorando misericordia para esa alma. Entonces sentí la gran Majestad de Dios y la gran justicia de Dios. Temblaba de espanto, pero no dejaba de suplicar a Dios la misericordia para esa alma, y me he quitado del pecho la pequeña cruz, la cruz de mis votos [303] y la he colocado en el pecho del agonizante y he dicho al Señor: –“Jesús, mira a esta alma con el amor con que has mirado mi holocausto el día de los votos perpetuos y en virtud de la promesa que me has hecho a mí y a quienes invoquen Tu misericordia para los agonizantes». Dejó de sufrir y expiró sereno. Oh. Cuánto deberíamos rezar por los agonizantes; aprovechemos la misericordia mientras es el tiempo de compasión.
1777. + Conferencia sobre la misericordia
Has de saber, hija Mía, que Mi Corazón es la Misericordia Misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre el mundo entero. Ningún alma que se haya acercado a Mí, se ha retirado sin consuelo. Toda miseria se hunde [en] Mi misericordia y de este manantial brota toda gracia, salvadora y santificante. Hija Mía, deseo que tu corazón sea la sede de Mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre el mundo entero a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede retirarse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas. Reza, cuanto puedas, por los agonizantes, impetra para ellos la confianza en Mi misericordia, porque son ellos los que más necesitan la confianza, que la tienen muy poca. Has de saber que la gracia de la salvación eterna de algunas almas en el último momento dependió de tu oración. Tú conoces todo el abismo de Mi misericordia, entonces recoge de ella para ti y especialmente para los pobres pecadores. Antes el cielo y la tierra se vuelven a la nada, que Mi misericordia deje de abrazar a un alma confiada.
1565. Cuando entré por un momento en la capilla, el Señor me dijo: Hija Mía, ayúdame a salvar a un pecador agonizante; reza por él esta coronilla que te he enseñado. Al empezar a rezar la coronilla, vi a aquel moribundo entre terribles tormentos y luchas. El Ángel Custodio lo defendía, pero era como impotente ante la gran miseria de aquella alma; una multitud de demonios estaba esperando aquella alma. Mientras rezaba la coronilla, vi a Jesús tal y como está pintado en la imagen. Los rayos que salieron del Corazón de Jesús envolvieron al enfermo y las fuerzas de las tinieblas huyeron en pánico. El enfermo expiró sereno. Cuando volví en mí, comprendí la importancia que tiene esta coronilla rezada junto a los agonizantes, ella aplaca la ira de Dios.
811. Al entrar en mi soledad, oí estas palabras: Defenderé como Mi gloria a cada alma que rece esta coronilla en la hora de la muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante, quienes obtendrán el mismo perdón. Cuando cerca del agonizante es rezada esta coronilla, se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma y se conmueven las entrañas de Mi misericordia por la dolorosa Pasión de Mi Hijo.
Oh, si todos conocieran qué grande es la misericordia del Señor y cuánto necesitamos todos nosotros esta misericordia, especialmente en aquella hora decisiva.
834. 19 XII [1936]. Esta noche sentí en el alma que alguna persona necesitaba mi oración. Enseguida me puse a rezar. De repente conocí interiormente y sentí al espíritu que me lo pedía; recé hasta que me sentí tranquila. La coronilla es una gran ayuda para los agonizantes. A menudo rezo según la intención que anteriormente conozco dentro de mí; siempre rezo hasta el momento de sentir en mi alma que la plegaria ha obtenido su efecto.
1797. Hoy el Señor entró en mi [habitación] y me dijo: Hija Mía, ayúdame a salvar las almas. Irás a casa de un pecador agonizante y rezarás esta coronilla con lo cual obtendrás para él la confianza en Mi misericordia, porque ya está en la desesperación.
¿POR QUÉ EL 31 DE OCTUBRE?
Porque, como es sabido, en esta fecha son muchos los que frivolizan con el hecho de morir. Entre nosotros se ha impuesto la costumbre de festejar el 31 de octubre ridiculizando y, en nuestra opinión, profanando el sagrado momento de la muerte. Ante este hecho hemos querido dar una respuesta de fe con esta obra de misericordia.
¿QUÉ ACCIONES LLEVAMOS A CABO?
Dos son las acciones que hemos puesto en marcha desde el Apostolado de la Divina Misericordia de Toledo:
- La jornada del 31 de octubre. Para rezar por todos los agonizantes, al modo en que el día 2 de noviembre rezamos en la Iglesia por todos los difuntos.
- Los grupos de whatsapp. Para rezar por un agonizante concreto, del que no se nos comunican más datos que su nombre. Tenemos abiertos dos grupos cuyos enlaces incorporamos junto al nombre del grupo:
Toledo-CORONILLA POR LOS AGONIZANTES
https://chat.whatsapp.com/CbqsvvmlT579VTrLDoHKjZTalavera-CORONILLA POR LOS AGONIZANTES
https://chat.whatsapp.com/LemS6NLLI0A3RabZ3nXlKy
