La verdad fundamental de que Dios es amor y misericordia se revela a través de diversos medios a lo largo de la historia. Jesucristo, en su enseñanza y vida, nos muestra el amor misericordioso del Padre de la manera más perfecta, como lo ilustra la parábola del Padre fiel y el hijo pródigo. La Iglesia, desde su origen en Pentecostés, ha mantenido este mensaje como el núcleo vital de su existencia, transmitiendo la experiencia del amor y la misericordia divina a lo largo de los siglos.
A lo largo de la historia, innumerables hombres y mujeres han experimentado de manera extraordinaria el amor misericordioso de Dios y lo han compartido con otros a través de diversos dones espirituales. Este impulso misionero también animó a los Apóstoles y a las primeras comunidades cristianas a llevar el Evangelio por todo el mundo conocido.
En el siglo XX, Jesucristo resucitado se manifestó a Santa Faustina Kowalska como la encarnación de la misericordia divina. Su revelación culminó en la publicación de la Carta Encíclica «Dives in misericordia» por el Papa Juan Pablo II en 1980, donde se establecen las bases bíblicas y teológicas de esta espiritualidad y se la propone como esencial para la nueva evangelización.
La canonización de Santa Faustina por Juan Pablo II en el año jubilar 2000 y la concesión de indulgencia plenaria a los fieles que participan en la fiesta de la Divina Misericordia muestran el reconocimiento oficial de esta dimensión central del mensaje cristiano. El Papa invita a toda la Iglesia a practicar, proclamar y pedir la misericordia divina, consciente de su importancia para la misión evangelizadora en el mundo contemporáneo.