PRESENTACIÓN
- Es un hecho fácilmente observable que la devoción a la Divina Misericordia se está extendiendo paulatinamente y a buen ritmo. En todas las parroquias y grupos con los que hemos tenido ocasión de explicar la devoción, hay personas devotas de la Divina Misericordia. Esto lo venimos constatando cada vez que acudimos a parroquias donde se nos llama o entramos en contacto con sacerdotes a propósito de la Divina Misericordia.
- El cuadro de Jesús Misericordioso está en la mayoría de nuestras iglesias, no son pocas las personas que rezan el rosario de la Divina Misericordia (la coronilla) y cada vez son más las parroquias y casas religiosas que, llegado el Viernes Santo, hacen la novena preparatoria de la Fiesta de la Divina Misericordia, el segundo domingo de Pascua.
- Todo esto nos satisface y damos gracias a Dios por ello. Pero también hay que decir que solo con esto estamos en los inicios de esta espiritualidad. No basta con la atracción de la imagen, no basta con rezar la coronilla…, el misterio de la misericordia divina tiene un alcance infinito. En el punto 699 del Diario de la Divina Misericordia, podemos leer estas palabras que Jesús le dice a santa Faustina Kowalska: “Mi misericordia es tan grande que en toda la eternidad no la penetrará ningún intelecto humano ni angélico” y que luego ella repetirá al menos en cuatro ocasiones.
- En el Diario se repite muchas veces la expresión “misericordia infinita”, varias veces en boca del Señor y muchas más por parte de santa Faustina. Y se repiten también expresiones que caracterizan a la misericordia como misterio: misterio insondable, misterio inconcebible, misterio incomprensible, misterio impenetrable.
- Si se permite la expresión, aquí hay mucha miga, mucha profundidad, mucho misterio. No estamos ante una ‘devocioncita’, ni ante una devoción particular. La devoción a la Divina Misericordia no es una devoción particular como la que una persona pueda tener a una advocación concreta de la Santísima Virgen, al santo de su nombre, al patrono de su pueblo, de su profesión, etc. La devoción a la Divina Misericordia se encuadra dentro de las devociones universales: al Espíritu Santo, a Jesús Sacramentado presente en la Eucaristía, al Sagrado Corazón de Jesús, a la Santísima Virgen María, a san José.
- Por otra parte, cuando hablamos de devoción, no hablamos solo de una atracción sensible, casi siempre ligada a una imagen, en nuestro caso hacia la imagen de la Divina Misericordia. La dimensión afectiva de toda devoción es importantísima, no podemos pasar sin ella, pero no es la primera ni la única dimensión porque el sentido profundo de la devoción no reside en los afectos, sino en la voluntad. Este es el sentido tomista de la palabra “devoción”: “Voluntad pronta para poner por obra lo que pertenece al culto divino” (cf. S.T. II, c. 82, a. 2).
- Así pues, no basta con saber que Dios es misericordioso, que perdona siempre, que espera siempre con los brazos abiertos al pecador arrepentido. Todo esto ya lo anunciaron todos los profetas del Antiguo Testamento.
No basta con saber Dios quiere que todos los hombres se salven y para ello ha hecho lo que nadie pudo imaginar jamás: mandar a su propio Hijo, “la misericordia encarnada”, dirá santa Faustina. Él lleva a plenitud la revelación de la misericordia, encarnándose en una carne pecadora como la nuestra, ofreciendo su vida en la cruz. Todo esto es verdad, todo esto pertenece al mensaje de la misericordia de Dios. Este es el núcleo del amor misericordioso, conocido por el pueblo de Israel y que la Iglesia no ha dejado de proclamar desde el día de Pentecostés.
- Pero llegado el siglo XX, el Señor ha querido, por una parte poner el foco, llamar nuestra atención para renovar este mensaje, que estaba un tanto olvidado, y, por otra, darnos unas prácticas nuevas de piedad y de culto a su misericordia. El Apostolado de la Divina Misericordia de Toledo tiene como misión llevar el mensaje de misericordia a todos los que quieran oírnos y a la vez dar a conocer las revelaciones privadas del Señor a santa Faustina, explicar las nuevas formas de culto y las importantísimas promesas asociadas a ellas.
- Esto es lo que pretendemos hacer en este apartado de FORMACIÓN, dentro de nuestra web. Comenzaremos por despejar el campo, explicando lo que no es la devoción a la Divina Misericordia, para pasar después a explicar detenidamente las cinco formas de culto: Fiesta de la Divina Misericordia – Imagen de Jesús Misericordioso – Coronilla – Hora de la Misericordia – Difusión de la devoción.
QUÉ NO ES LA DEVOCIÓN A LA DIVINA MISERICORDIA
- LA DEVOCIÓN A LA DIVINA NO CONSISTE EN ALGO NUEVO, porque el mensaje de misericordia está presente en la Sagrada Escritura desde los primeros libros del Antiguo Testamento.
- LA DEVOCIÓN A LA DIVINA NO ES UNA DEVOCIÓN PARTICULAR.
- LA DEVOCIÓN A LA DIVINA NO ES UN ASPECTO DE LA DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. La relación entre el Corazón de Jesús y la Divina Misericordia es estrechísima, porque el Corazón de Jesús es la fuente de la misericordia, pero son devociones distintas. Sus principales diferencias son las siguientes:– El objeto propio de la devoción. La devoción al Sagrado Corazón tiene como objeto el corazón humano (el corazón de carne) de Jesús, mientras que la devoción a la Divina Misericordia es una devoción a la Santísima Trinidad.
– El objeto material de la devoción al Corazón de Jesús es la representación de su corazón humano. En la Divina Misericordia es la imagen de Jesús Misericordioso con los rayos característicos de esta imagen y la ‘firma’: “Jesús, en Ti confío”
– Los tiempos de culto. La Iglesia ha distinguido estas dos devociones con dos fiestas en dos días distintos. Sagrado Corazón de Jesús: viernes posterior al domingo de la octava del Corpus Christi; Divina Misericordia: II Domingo de Pascua. Aparte de las fiestas se distinguen también otros tiempos de culto. Sagrado Corazón de Jesús: primeros viernes de mes; Divina Misericordia: las tres de la tarde de cada día.
– La esencia de la devoción. La devoción al Sagrado Corazón está en la reparación, es decir, la satisfacción a Dios por los pecados. La esencia de la Divina Misericordia es la confianza en Dios. - LA DEVOCIÓN A LA DIVINA NO CONSISTE EN REPETIR UNA SERIE DE ORACIONES, sino en dar culto a Dios en su misericordia con las nuevas formas reveladas y pedidas por el Señor a santa Faustina, y en practicar las obras de misericordia.
LA IMAGEN DE LA DIVINA MISECORDIA
La imagen de la Divina Misericordia procede de un mandato de Jesús a santa Faustina Kowalska en una visión de Jesús resucitado que ella tuvo el día 22 de febrero de 1931 en la ciudad de Płuok.
Así lo narra y lo describe ella en el Diario:
“Al anochecer, estando en mi celda, vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. En silencio, atentamente miraba al Señor, mi alma estaba llena del temor, pero también de una gran alegría. Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: “Jesús, en Ti confío”. Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y [luego] en el mundo entero” (Diario, 47).
Y en el punto siguiente, el 48:
Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo Mismo la defenderé como Mi gloria.
El Señor mandó pintar a sor Faustina la imagen que le mostró en la visión, pero ella estaba muy lejos de poder cumplir el encargo; por lo que dice, no tenía dotes naturales para la pintura, y menos aún, formación artística. A esto hay que añadir las resistencias que encontró empezando por el primero confesor a quien se lo comunicó, en el convento la tomaron por fantasiosa e histérica. Y Jesús apremiaba:
“Has de saber” –le dijo en una nueva visión, que recoge en el punto 154 del Diario– “que si descuidas la cuestión de pintar esta imagen y de toda la obra de la misericordia, en el día del juicio responderás de un gran número de almas”.
Y sigue diciendo en el mismo punto:
“Después de estas palabras del Señor cierto temblor y temor entraron en mi alma. No lograba tranquilizarme sola. Me sonaban estas palabras: –“Sí, el día del juicio divino deberé responder no solamente de mí misma, sino también de otras almas”. Estas palabras se grabaron profundamente en mi corazón. Cuando volví a casa, entré en el pequeño Jesús, caí de cara al suelo delante del Santísimo Sacramento y dije al Señor:
–“Haré todo lo que este en mi poder, pero te ruego, quédate siempre conmigo y dame fortaleza para cumplir Tu santa voluntad, porque Tú puedes todo, y yo no puedo nada por mí misma”.
Así pasaron tres años de zozobra y sufrimientos hasta que en 1934, su director espiritual, el beato P. Miguel Sopoćko, de acuerdo con la superiora de sor Faustina, decidió buscar un pintor acreditado que pudiera llevar adelante el mandato de Jesús. Su nombre, Eugenio Kazimirowski, quien después de seis meses de trabajo bajo las instrucciones de sor Faustina, en junio de 1934 dio fin a la obra y presentó la imagen terminada.
Después, otros pintores, hicieron nuevas versiones de la imagen original, siguiendo la descripción de santa Faustina, siendo la de Adolfo Hiła la que más se ha popularizado.
DESCRIPCIÓN DE LA IMAGEN
En ella se nos presenta a Jesús resucitado, de pie y en movimiento, luminoso, con la pierna izquierda más adelantada que la derecha, descalzo, sobre fondo negro y liso, plano y monótono. Jesús aparece vestido con túnica blanca, ceñido con un cinturón y en las manos y los pies conserva las llagas de los clavos. Aparece bendiciendo con su mano derecha, alzada a la altura del hombro, mientras que la izquierda apunta con tres dedos unidos a una abertura de la túnica en el lugar del corazón. De esta abertura salen dos haces de rayos divergentes, rojo el de su derecha (a la izquierda del espectador) y de color pálido el de la izquierda (derecha del espectador). Los rayos arrancan desde un punto del pecho, que deja al descubierto la abertura de la túnica, y se ensanchan hacia abajo, difuminándose, como queriendo salirse del cuadro de manera ilimitada, como si quisieran prolongarse indefinidamente.
Debajo de la imagen una inscripción: JESÚS, EN TI CONFÍO, dada y confirmada por Jesús a la que el Señor denomina “la firma”.
El fondo es totalmente negro y liso, monótono.
INTERPRETACIÓN
En esta imagen los estudiosos de la Divina Misericordia han visto la plasmación en pintura del evangelio que se lee el día de la Fiesta de la Divina Misericordia en los tres ciclos litúrgicos.
Jesús, a los ocho días de su resurrección entra en el cenáculo y se dirige a los apóstoles, Tomás incluido, mostrando sus llagas, haciéndolas visibles y diciéndoles: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20, 19).
Es Jesús sacerdote y apóstol, “el apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos”, que dice la Carta a los Hebreos (capítulo 3, versículo 1). Apóstol porque es enviado y envía, y sacerdote que no solo bendice, sino que da a los apóstoles un nuevo poder, reservado solo a Dios: el poder de perdonar los pecados. “Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»” (Jn 20 21-23).
En la Última Cena les constituyó sacerdotes suyos con el poder de celebrar la Eucaristía; ahora completa su sacerdocio dándoles autoridad para perdonar los pecados. Derroche de misericordia, superabundancia de misericordia.
EL ROSTRO DE JESÚS
El rostro de Jesús en el cuadro de Eugenio Kazimirowski es el elemento que más distingue este cuadro primero del resto de versiones que se han hecho de la imagen de la Divina Misericordia. El elemento diferenciador es la mirada, que en este cuadro original no mira al espectador, sino hacia el suelo. Al contemplar este rostro y esta mirada, podemos sacar un gran provecho espiritual si tenemos presentes el punto 326 del Diario:
“Una vez Jesús me dijo: Mi mirada en esta imagen es igual a la mirada en la cruz”.
LAS MANOS
La mano derecha levantada, a la altura del hombro está bendiciendo al tiempo que pronuncia el saludo de paz: «Paz a vosotros».
Su brazo izquierdo, doblado, lleva la mano hacia lugar del corazón, donde la túnica está abierta. Ese es el punto que reclama la mayor atención del espectador. Se diría que Jesús quiere concentrar nuestra atención en él, en un doble sentido, primero llevando los ojos hacia su corazón; después, una vez que la mirada se ha posado, contemplativa, en su corazón, no la retiene, sino que conduce hacia afuera, deslizándola a través de los dos haces de rayos como si quisiera sacarla del cuadro, es decir, hacia el mundo. “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”, así te envío yo a ti que has concentrado y reposado tu mirada en mi corazón. Como el Padre me ha nombrado apóstol, a través de la sangre y el agua que salen de mi corazón, el bautismo y la sangre, te nombro apóstol yo a ti.
Un detalle no pequeño es que la mano izquierda apunta a su corazón con tres dedos unidos: dedo índice, dedo corazón y anular, pegados cada uno con el siguiente, es decir formando una unidad y separados ostensiblemente del dedo meñique. Aquí hay quien ha visto un signo de la Santísima Trinidad: tres personas distintas en la unidad de un solo Dios. Es una interpretación, pero tiene sentido porque la devoción a la Santísima Trinidad es una devoción trinitaria, no es a Jesús, que también, pero en su esencia es trinitaria.
LOS RAYOS
“Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua” (Jn 19, 34).
A lo largo del Diario hay muchas referencias a los rayos que salen del corazón de Jesús. En la mayor parte de las visiones que tuvo santa Faustina, veía que esos rayos salían de la Sagrada Hostia expuesta en la custodia, para penetrar o envolver a personas concretas: a la propia sor Faustina (Diario, 1559), “sobre cada una de las hermanas y sobre las alumnas” (Diario, 336), a un pecador agonizante (1565); a grupos de personas reunidas: por toda la iglesia del convento (370), “a las manos de mi confesor, y después a las manos de los eclesiásticos y de sus manos pasaron a las manos de la gente, y volvieron a la Hostia” (344), penetrando “en los corazones de las personas reunidas” (417), “envolvieron nuestra capilla y la enfermería y después toda la ciudad” (87), y “por el mundo entero” (87, 420, 1046, 1796).
Estos dos haces de rayos son el elemento identificativo de todas las imágenes de la Divina Misericordia, lo que más distingue a la imagen de la Divina Misericordia de otras representaciones de Cristo resucitado. Para explicar los rayos no necesitamos interpretar nada, sino oír la explicación dada a santa Faustina por el mismo Jesucristo. Encontramos esa explicación en el punto 299 del Diario:
“Una vez, cuando el confesor me mandó preguntar al Señor Jesús por el significado de los dos rayos que están en esta imagen; contesté que sí, que se lo preguntaría al Señor. Durante la oración oí interiormente estas palabras: Los dos rayos significan la Sangre y el Agua. El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas.
Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando Mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza.
Estos rayos protegen a las almas de la indignación de Mi Padre. Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios”.
LOS MIEMBROS INFERIORES: PIERNAS Y PIES
Si miramos los miembros inferiores, vemos el pie izquierdo ligeramente adelantado sobre el derecho y la pierna derecha levemente flexionada. Eso nos indica que Jesús está en movimiento, la imagen de la Divina Misericordia no es una imagen estática, sino dinámica. Jesús está andando, entrando en el cenáculo, y tras la bendición de la mano, da a los discípulos la misión del apostolado: “Como el Padre me envió, así también os envío yo” (Jn 20, 21).
Jesús eligió a santa Faustina a la que eligió como apóstol de su misericordia. “Apóstol de Mi misericordia, proclama al mundo entero Mi misericordia insondable, no te desanimes por los obstáculos que encuentras proclamando Mi misericordia” (Diario, 1142) y le repitió muchas veces cuál era su misión: “Habla al mundo de Mi misericordia” (puntos 164, 848, 1074), “Habla al mundo entero de Mi misericordia” (580, 1190), “Hija Mía, habla al mundo entero de la inconcebible misericordia Mía” (699), “recorrerás el mundo entero y traerás a las almas desfallecidas a la fuente de Mi misericordia” (206).
EL FONDO
La imagen de la Divina Misericordia ofrece un contraste de color muy acusado: Jesús resucitado, luminoso, vencedor de la muerte, vestido de blanco. La túnica blanca nos recuerda las palabras del Apocalipsis: “El vencedor será vestido de blancas vestiduras” (Ap 3, 5). Esta figura de Jesús resucitado, luminoso, vestido de blanco, contrasta con el fondo, completamente negro. Es el contraste de la oposición entre la luz y las tinieblas, de la santidad frente al pecado, la vida de un resucitado y la muerte.
“Dios Padre (…) nos ha sacado del dominio de las tinieblas” (Col 1, 12; 13) por medio de su Hijo querido, muerto y resucitado. Jesús, que había dicho “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12), “se manifestó para deshacer las obras del Diablo” (I Jn 3, 8), “el príncipe de este mundo” (Jn 12, 31), y las de sus secuaces, “dominadores de este mundo de tinieblas” (Ef 6, 12). Es el mismo Jesús que se hizo ver a santa Faustina en la forma de esta imagen, y que aparece aquí dejando atrás la negrura de la muerte, iluminando este mundo nuestro envuelto en la oscuridad y tinieblas, el reino de los espíritus malignos.
EL MISTERIO DE LA FIRMA: “JESÚS EN TI CONFÍO”
¿Por qué decimos que Jesús es el verdadero autor del cuadro cuando él no lo pintó materialmente? Cuando alguien encarga a un pintor que le haga un retrato no decimos que el autor sea el que lo pide, sino el que realiza la pintura. Entonces, ¿cómo podemos sostener que el verdadero autor del cuadro es Jesucristo?
La respuesta a esta pregunta es doble. En primer lugar, decimos que Jesús es el verdadero autor del cuadro porque este cuadro no es un retrato. El pintor no vio a Jesús, no tuvo delante el modelo a quien debía pintar, sino que pintó bajo las instrucciones de santa Faustina, la cual se ayudó del P. Miguel Sopoćko, que prestó el porte de su cuerpo, pero no su rostro. Kazimirowski pintó el rostro de Jesucristo sin haberlo visto.
En segundo lugar, decimos que el verdadero autor del cuadro es Jesucristo porque este cuadro no es una obra muerta, sino viva, una imagen que Dios usa como canal eficaz de su gracia, a través de la cual toca corazones, transmite vida, obra milagros, cambia vidas.
Cuando santa Faustina vio cómo quedaría el rostro de Jesús, quedó desolada porque la pintura distaba mucho de su visión. Lo dice así en el punto 313 del Diario: “Enseguida fui a la capilla y lloré muchísimo. ¿Quién te pintará tan bello como Tú eres? Como respuesta oí estas palabras: No en la belleza del color, ni en la del pincel, está la grandeza de esta imagen, sino en Mi gracia”.
Jesús es el verdadero autor del cuadro de la Divina Misericordia, porque es quien aporta la imagen que debe ser pintada, quien manda firmarlo y quien dice cuál debe ser la firma: “Jezu, ufam Tobie” (“Jesús, en ti confío”). A estas palabras Jesús no las llama inscripción, lema o título, sino “firma” y utiliza la palabra “firma” dos veces, una como verbo (imperativo del verbo firmar) en el punto 47 y otra como sustantivo: “la firma” (Diario, 327).
Esta distinción entre “firma” (verbo) y “firma” (sustantivo) no es baladí. En la primera ocasión que Jesús le comunica estas palabras (punto 47) manda a sor Faustina que pinte el cuadro y lo firme, pero no poniendo un nombre, sino “Jesús, en Ti confío”.
Él, que es el verdadero autor de esta imagen, no le dice a santa Faustina que firme el cuadro poniendo “Jesucristo”, “Jesús de Nazaret”, “El Hijo de Dios”, “El Redentor”, etc., como tampoco lleva la firma del pintor: “Eugenio Kazimirowski, sino “Jesús en ti confío”.
En esta entrega queremos fijarnos en lo que significa firmar una obra. La firma es el sello gráfico con el cual el autor marca su obra, un sello personal, único e intransferible, que indica la propiedad de la obra al tiempo que crea un vínculo de identidad entre obra y autor.
Lo llamativo de esta “firma” es que, siendo Jesús el verdadero autor del cuadro, su firma es un don, una triple entrega. Jesús da su firma a santa Faustina, a Eugenio Kazimirowski y a todo espectador que mire el cuadro. A sor Faustina por revelación, a Kazimirowski por ser el pintor material (el ejecutor), y al espectador por contemplación, ya que quien contempla este cuadro recibe una llamada de Jesús Misericordioso a confiar en él.
“La firma” del cuadro de la Divina Misericordia es un misterio no solo por esa triple autoría, sino porque la firma es un don, una entrega, y nadie puede dar su firma a otro, como no se pueden dar el rostro o las huellas dactilares. Nadie… excepto Jesucristo en esta imagen. Esta firma de Jesús nos es dada en forma de respuesta. Es evidente que esta “firma” de Cristo (verdadero autor del cuadro): JESÚS, EN TI CONFÍO, es la respuesta que Jesús quiere y espera de todo aquel que venere esta sagrada imagen. Es decir, su firma es nuestra respuesta, nuestras palabras.
Aquí se nos descubre un aspecto más de la grandeza de esta revelación, en que la firma de Cristo es nuestra respuesta al contemplar la imagen con devoción. “Ofrezco a los hombres un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es esta imagen con la firma: Jesús, en Ti confío” (Diario, 327).
Por este motivo, la imagen con la firma es más que un cuadro de pintura, más incluso que un icono, es la síntesis visual de toda la espiritualidad de la Divina Misericordia que viene certificada por esta promesa de Jesús: “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo Mismo la defenderé como Mi gloria” Diario, 48).
PROMESAS DEL SEÑOR Y ANUNCIO DE GRACIAS PARA QUIENES VENERN LA IMAGEN DE LA DIVINA MISERICORDIA
I. Promesas:
Punto 48: “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé como Mi gloria”.
Basta una breve aproximación a las palabras de este punto para descubrir en ellas tres promesas:
1) La gracia de la salvación: “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá”.
2) La fuerza suficiente para vencer al mal: “También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos”.
3) La victoria en el último momento: “Y, sobre todo, a la hora de la muerte Yo Mismo la defenderé como Mi gloria”.
II. En un segundo momento está el anuncio de gracias, que podemos considerar también promesas, si bien las distinguimos porque el Señor no emplea aquí el verbo prometer:
Del punto 570 leemos estas palabras dichas por el Señor a santa Faustina: Por medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias, por eso, que cada alma tenga acceso a ella. (Del punto 570).
El Señor dice que por medio de la imagen colmará a las almas de muchas gracias. Pero no dice qué clase de gracias, con lo cual cabe entender que dejó abierta la puerta a todo tipo de gracias: espirituales, psicológicas y corporales, para uno propio y para los demás, para el presente y para el futuro… Pero hay algo más, porque no dice emplea verbos como dar, conceder, derramar, etc.; sino “colmar”, es decir dar con sobreabundancia, por encima de lo que somos capaces de recibir. Si el Señor no ha puesto límites a las gracias con las que quiere colmar a las almas por medio de esta imagen, no pongamos por nuestra parte limitaciones, pidamos con liberalidad, sin estrechar el campo de nuestras peticiones.
Y, por último, nuevas palabras del Señor, tomadas ahora del punto 742. “A través de esta imagen concederé muchas gracias a las almas; ella ha de recordar a los hombres las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil”. (Del punto 742).
Ahora sí emplea el Señor el verbo conceder. Y podría parecer como si el Señor fuera a restringir el anuncio anterior rebajando la cantidad o la intensidad de las gracias prometidas en el punto 570. No es así. Lo que sí ocurre en esta promesa es que el Señor nos sitúa en una realidad que conviene recordar y es una de las condiciones para alcanzar misericordia. Dios no escatima gracias, no pone límites a su misericordia, que siempre es infinita, pero los hombres sí podemos ponerlos, bien con la falta de confianza, bien por la dureza del corazón cuando no quiere arrepentirse, bien, como en este recordatorio, por la ausencia de obras de misericordia. En el punto de donde está tomada esta cita, el Señor le dice a santa Faustina: “Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte”. Y posteriormente le indica tres formas jerarquizadas de ejercer la misericordia: “La primera – la acción, la segunda – la palabra, la tercera – la oración”.
Para terminar esta exposición sobre las promesas, no está de más comentar que el cumplimiento de las promesas que Dios nos hace está asegurado porque Dios nunca deja de cumplir su palabra, pero no son incondicionales, sino que siempre están asociadas a la rectitud de intención, a la colaboración con la gracia y al ejercicio de la caridad con Dios y con el prójimo. Bien sean las promesas que tenemos en la revelación pública, las que hace Jesucristo, que son muchísimas, bien las que nos han llegado a través de revelaciones privadas aceptadas por la Iglesia, como son las promesas del Sagrado Corazón de Jesús, las del Inmaculado Corazón de María, estas de la Divina Misericordia, etc., si no hay una vida de correspondencia con la gracia, no servirán de mucho.
Si tenemos una gran devoción a esta imagen, la propagamos, rezamos a través de ella, pero luego desoímos las inspiraciones del Espíritu Santo, si despreciamos sus dones, si llevamos una vida mundana, no podemos esperar lo prometido porque nosotros mismos nos estaríamos autoexcluyendo. Es verdad que Dios es un Dios fiel, que no miente y cumple lo prometido, pero con Dios no se juega, de Dios nadie se burla, dice la Escritura.
Errores en el tratamiento de la imagen
El campo de la iconografía religiosa es –si no infinito– sí ilimitado porque la creatividad humana no tiene límites. La Revelación es una fuente inagotable de creaciones artísticas. ¿Quién puede decir cuántas imágenes hay de la infancia de Jesús: de su nacimiento, de la adoración de los Reyes, de la huida a Egipto?, ¿cuántas de los milagros de su vida pública?, ¿cuántas de su pasión?, ¿cuántas de la Iglesia primitiva, de las correrías apostólicas de san Pablo? En todos estos casos tenemos unos hecho revelados y a partir de ahí, ateniéndose al relato de esos hechos, los diferentes artistas componen sus obras.
Pero la imagen de la Divina Misericordia ofrece una singularidad y es que procediendo de una revelación (privada), lo que se nos revela es una imagen, no es una revelación basada solo en palabras, no es el relato de unos hechos que luego el artista interpreta según su inspiración. Este origen de la imagen de la Divina Misericordia es la clave para ubicarnos ante ella, y para entender acerca de cómo debe ser tratada.
Los errores que se cometen con esta imagen proceden de dos campos: de pasar por alto el dato fundamental de la finalidad: para qué se nos hadado esta imagen revelada, y el de introducir modificaciones en la revelación que recibió sor Faustina.
Tenemos que preguntarnos cuál es la finalidad de la imagen de la Divina Misericordia, para qué se nos ha dado. La respuesta de Jesús es la veneración de la imagen, es decir el culto a Dios, Uno y Trino, en su misericordia. El Señor ha querido que sea venerada la imagen según el modelo que él hizo ver a sor Faustina y de la veneración según ese modelo ha hecho depender esas promesas y esas gracias extraordinarias antes comentadas.
Pero vemos también que esta imagen se usa con otros fines distintos del culto. Por ejemplo, la cartelería, objetos de recuerdo, de decoración, en portadas de publicaciones: estampas, libros, folletos, etc. Son fines legítimos, que pueden contribuir a recordar los mensajes de la Divina Misericordia, a aumentar la piedad de los fieles, a difundir la devoción, a suscitar interés por ella, etc.
El criterio de finalidad es determinante para la composición de imágenes de la Divina Misericordia. Cuando la finalidad es el culto, el artista ha de atenerse a las exigencias del modelo. Si hay otras finalidades distintas del culto, como las que acabo de citar, las exigencias son mucho menores. El ejemplo más claro lo tenemos en la imagen que se utilizó en la canonización de santa Faustina, bastante conocida, la que viene en portada en las primeras ediciones del Diario. Es una composición con el retrato de la santa al que acompaña la imagen de Jesús Misericordioso, ambos de pie sobre una bola del mundo floreada.
Ahora bien, si la finalidad al componer un cuadro de la Divina Misericordia es el culto, y si hemos de atenernos al modelo dado por el Señor, hay que hacerse esta pregunta: ¿cuál es la imagen modelo?, ¿cuál es –podríamos decir- la verdadera imagen de la Divina Misericordia? Es una pregunta que se repite con frecuencia entre quienes comienzan a tener interés por la Divina Misericordia.
Respuesta: no hay una única imagen verdadera porque no existe una imagen modelo, que pueda servir de patrón. El único modelo para realizar imágenes de la Divina Misericordia es la descripción que nos ha legado sor Faustina en el Diario. Existe, eso sí, una primera imagen, la que pintó Eugenio Kazimirowski bajo las instrucciones sor Faustina, pero esa primacía no confiere a la imagen de Kazimirowski el derecho de exclusividad, ni tampoco el de autenticidad. La imagen de Eugenio Kazimirowski no es la única imagen válida de la Divina Misericordia.
El campo para la composición de imágenes de la Divina Misericordia es un campo muy abierto, dado que es válida para el culto toda imagen que contenga y respete los elementos presentes en la revelación recibida por sor Faustina y transmitida en el Diario, quedando los aspectos no revelados a la libre interpretación del artista.
Lo que no es válido para el culto es añadir, quitar o modificar elementos expresamente indicados en el Diario, si bien, a la hora de interpretar artísticamente la descripción de sor Faustina, a todo artista le asiste el derecho de creatividad.
Son errores frecuentes en imágenes dedicadas al culto:
– Presentar la imagen de Jesús incompleta: solo el busto, solo el rostro, una imagen de tres cuartos.
– Presentarla no de frente, sino de perfil.
– Presentar la imagen sin la firma: Jesús, confío en ti.
– Cambiar la imagen de Jesús resucitado, que es la de la Divina Misericordia, por un Jesús crucificado de cuyo costado salen los rayos rojo y pálido.
– Presentar a Jesús Misericordioso sentado.
– Coronar la cabeza de Jesús Misericordioso con coronas de espinas o coronas regias.
– Incorporar al cuadro otras personas, aunque sean la Virgen María, san Juan Pablo II, o santa Faustina.
– Presentar la imagen con el corazón de Jesús de forma visible.
– Cambiar el atuendo de Jesús, sobreponiendo a la túnica capas, mantos, o bien otros elementos.
– Cambiar el color de la túnica.
Insisto en que estas modificaciones no son válidas para el culto. Y fuera del culto, algunas pueden ser legítimas, otras, en cambio, son desaconsejables en cuanto que pueden generar confusión en personas no muy formadas en esta devoción.
