LA IMAGEN DE JESÚS MISERICORDIOSO
JESÚS RESUCITADO DA LA BENDICIÓN DE LA PAZ CON SU MANO DERECHA
En esta imagen los estudiosos de la Divina Misericordia han visto la plasmación en pintura del evangelio que se lee el día de la Fiesta de la Divina Misericordia. Jesús, a los ocho días de su resurrección entra en el cenáculo y se dirige a los apóstoles diciéndoles “Paz a vosotros” (Jn 20, 19).
Aplicación: Este es el primer mensaje que se ofrece a todo aquel que venera la imagen, la bendición de Jesús. Invitamos a mirar la imagen devotamente, acogiendo esa bendición.
Jesús en movimiento
Acabamos de ver el elemento más próximo al espectador, la mano derecha de Jesús que nos bendice. Siguiendo el criterio de proximidad, nos fijamos ahora en el pie izquierdo y con él en las dos piernas, ambas en movimiento porque la imagen de la Divina Misericordia no es una imagen estática, sino dinámica. Jesús está andando, entrando en el cenáculo, y tras la bendición, da a los discípulos la misión del apostolado: “Como el Padre me envió, así también os envío yo” (Jn 20, 21).
Jesús eligió a santa Faustina a la que eligió como apóstol de su misericordia. “Apóstol de Mi misericordia, proclama al mundo entero Mi misericordia insondable, no te desanimes por los obstáculos que encuentras proclamando Mi misericordia” (Diario, 1142) y le repitió muchas veces cuál era su misión: “Habla al mundo de Mi misericordia” (puntos 164, 848, 1074), “Habla al mundo entero de Mi misericordia” (580, 1190), “Hija Mía, habla al mundo entero de la inconcebible misericordia Mía” (699), “recorrerás el mundo entero y traerás a las almas desfallecidas a la fuente de Mi misericordia” (206).
Jesús, sacerdote y apóstol
En la imagen de la Divina Misericordia Jesús quiso manifestarse de pie, en postura sacerdotal. Si en el apartado anterior le hemos contemplado como apóstol, enviando a sus discípulos, ahora le vemos como sacerdote, completando así la doble función de la que habla la Carta a los Hebreos cuando presenta a Jesús como “el apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos” (Heb 3, 1). Apóstol porque es enviado y envía, y sacerdote que no solo bendice, sino que da a los apóstoles la capacidad de ejercer el sacerdocio en el altísimo grado de misericordia reservado solo a Dios: el poder de perdonar los pecados.
“Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»” (Jn 20 21-23).
Jesús, luz del mundo
La imagen de la Divina Misericordia ofrece un contraste de color muy acusado: Jesús luminoso, vestido de blanco, en contraste con el fondo, completamente negro. Es el contraste de la oposición entre la luz y las tinieblas, de la santidad frente al pecado, la vida de un resucitado y la muerte.
“Dios Padre (…) nos ha sacado del dominio de las tinieblas” (Col 1, 12; 13) por medio de su Hijo querido, muerto y resucitado. Jesús, que había dicho “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12), “se manifestó para deshacer las obras del Diablo” (I Jn 3, 8), “el príncipe de este mundo” (Jn 12, 31), y las de sus secuaces, “dominadores de este mundo de tinieblas” (Ef 6, 12). Es el mismo Jesús que se hizo ver a santa Faustina en la forma de esta imagen, y que aparece aquí dejando atrás la negrura de la muerte, iluminando este mundo nuestro envuelto en la oscuridad y tinieblas, el reino de los espíritus malignos.
En el contraste entre la luz y la oscuridad cabe ver la finalidad de esta devoción, que es la preparación del mundo para la segunda venida de Jesús a la tierra, la parusía. Así se lo dijo el Señor a santa Faustina: “Prepararás al mundo para Mi última venida” (Diario, 429). Ese contraste de luz y oscuridad nos remite al evangelio de la parusía. En los últimos días “el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor” (Mc 13, 24), “entonces aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre” (Mt 24, 30).
El rostro de Jesús
El rostro de Jesús en el cuadro de Eugenio Kazimirowski es el elemento que más distingue este cuadro primero del resto de versiones que se han hecho de la imagen de la Divina Misericordia. El elemento diferenciador es la mirada que en este cuadro original no mira al espectador, sino hacia el suelo. Al contemplar este rostro y esta mirada, podemos sacar un gran provecho espiritual si tenemos presentes el punto 326 del Diario:
“Una vez Jesús me dijo: Mi mirada en esta imagen es igual a la mirada en la cruz”.
Los rayos
“Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua” (Jn 19, 34).
A lo largo del Diario hay muchas referencias a los rayos que salen del corazón de Jesús. En la mayor parte de las visiones que tuvo santa Faustina, veía que esos rayos salían de la Sagrada Hostia expuesta en la custodia, para penetrar o envolver a personas concretas: a la propia sor Faustina (Diario, 1559), “sobre cada una de las hermanas y sobre las alumnas” (Diario, 336), a un pecador agonizante (1565); a grupos de personas reunidas: por toda la iglesia del convento (370), “a las manos de mi confesor, y después a las manos de los eclesiásticos y de sus manos pasaron a las manos de la gente, y volvieron a la Hostia” (344), penetrando “en los corazones de las personas reunidas” (417), “envolvieron nuestra capilla y la enfermería y después toda la ciudad” (87), y “por el mundo entero” (87, 420, 1046, 1796).
Estos dos haces de rayos son el elemento identificativo de todas las imágenes de la Divina Misericordia. Encontramos la explicación de estos rayos en el punto 299 del Diario:
“Una vez, cuando el confesor me mandó preguntar al Señor Jesús por el significado de los dos rayos que están en esta imagen; contesté que sí, que se lo preguntaría al Señor. Durante la oración oí interiormente estas palabras: Los dos rayos significan la Sangre y el Agua. El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas.
Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando Mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza.
Estos rayos protegen a las almas de la indignación de Mi Padre. Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios”.
Los miembros inferiores: piernas y pies
Si miramos los miembros inferiores, vemos el pie izquierdo ligeramente adelantado sobre el derecho y la pierna derecha levemente flexionada. Eso nos indica que Jesús está en movimiento, la imagen de la Divina Misericordia no es una imagen estática, sino dinámica. Jesús está andando, entrando en el cenáculo, y tras la bendición de la mano, da a los discípulos la misión del apostolado: “Como el Padre me envió, así también os envío yo” (Jn 20, 21).
Jesús eligió a santa Faustina a la que eligió como apóstol de su misericordia. “Apóstol de Mi misericordia, proclama al mundo entero Mi misericordia insondable, no te desanimes por los obstáculos que encuentras proclamando Mi misericordia” (Diario, 1142) y le repitió muchas veces cuál era su misión: “Habla al mundo de Mi misericordia” (puntos 164, 848, 1074), “Habla al mundo entero de Mi misericordia” (580, 1190), “Hija Mía, habla al mundo entero de la inconcebible misericordia Mía” (699), “recorrerás el mundo entero y traerás a las almas desfallecidas a la fuente de Mi misericordia” (206).
El fondo
La imagen de la Divina Misericordia ofrece un contraste de color muy acusado: Jesús resucitado, luminoso, vencedor de la muerte, vestido de blanco. La túnica blanca nos recuerda las palabras del Apocalipsis: “El vencedor será vestido de blancas vestiduras” (Ap 3, 5). Esta figura de Jesús resucitado, luminoso, vestido de blanco, contrasta con el fondo, completamente negro. Es el contraste de la oposición entre la luz y las tinieblas, de la santidad frente al pecado, la vida de un resucitado y la muerte.
“Dios Padre (…) nos ha sacado del dominio de las tinieblas” (Col 1, 12; 13) por medio de su Hijo querido, muerto y resucitado. Jesús, que había dicho “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12), “se manifestó para deshacer las obras del Diablo” (I Jn 3, 8), “el príncipe de este mundo” (Jn 12, 31), y las de sus secuaces, “dominadores de este mundo de tinieblas” (Ef 6, 12). Es el mismo Jesús que se hizo ver a santa Faustina en la forma de esta imagen, y que aparece aquí dejando atrás la negrura de la muerte, iluminando este mundo nuestro envuelto en la oscuridad y tinieblas, el reino de los espíritus malignos.
El misterio de la firma: “Jesús en ti confío”
¿Por qué decimos que Jesús es el verdadero autor del cuadro cuando él no lo pintó materialmente? Cuando alguien encarga a un pintor que le haga un retrato no decimos que el autor sea el que lo pide, sino el que realiza la pintura. Entonces, ¿cómo podemos sostener que el verdadero autor del cuadro es Jesucristo?
La respuesta a esta pregunta es doble. En primer lugar, decimos que Jesús es el verdadero autor del cuadro porque este cuadro no es un retrato. El pintor no vio a Jesús, no tuvo delante el modelo a quien debía pintar, sino que pintó bajo las instrucciones de santa Faustina, la cual se ayudó del P. Miguel Sopoćko, que prestó el porte de su cuerpo, pero no su rostro. Kazimirowski pintó el rostro de Jesucristo sin haberlo visto.
En segundo lugar, decimos que el verdadero autor del cuadro es Jesucristo porque este cuadro no es una obra muerta, sino viva, una imagen que Dios usa como canal eficaz de su gracia, a través de la cual toca corazones, transmite vida, obra milagros, cambia vidas.
Cuando santa Faustina vio cómo quedaría el rostro de Jesús, quedó desolada porque la pintura distaba mucho de su visión. Lo dice así en el punto 313 del Diario: “Enseguida fui a la capilla y lloré muchísimo. ¿Quién te pintará tan bello como Tú eres? Como respuesta oí estas palabras: No en la belleza del color, ni en la del pincel, está la grandeza de esta imagen, sino en Mi gracia”.
Jesús es el verdadero autor del cuadro de la Divina Misericordia, porque es quien aporta la imagen que debe ser pintada, quien manda firmarlo y quien dice cuál debe ser la firma: “Jesuz, ufam Tobie” (“Jesús, en ti confío”). A estas palabras Jesús no las llama inscripción, lema o título, sino “firma” y utiliza la palabra “firma” dos veces, una como verbo (imperativo del verbo firmar) en el punto 47 y otra como sustantivo: “la firma” (Diario, 327).
Esta distinción entre “firma” (verbo) y “firma” (sustantivo) no es baladí. En la primera ocasión que Jesús le comunica estas palabras (punto 47) manda a sor Faustina que pinte el cuadro y lo firme, pero no poniendo un nombre, sino “Jesús, en Ti confío”.
Él, que es el verdadero autor de esta imagen, no le dice a santa Faustina que firme el cuadro poniendo “Jesucristo”, “Jesús de Nazaret”, “El Hijo de Dios”, “El Redentor”, etc., como tampoco lleva la firma del pintor: “Eugenio Kazimirowski, sino “Jesús en ti confío”.
A propósito de la palabra “firma”, queremos fijarnos en lo que significa firmar una obra. La firma es el sello gráfico con el cual el autor marca su obra, un sello personal, único e intransferible, que indica la propiedad de la obra al tiempo que crea un vínculo de identidad entre obra y autor.
Lo llamativo de esta “firma” es que, siendo Jesús el verdadero autor del cuadro, su firma es un don, una triple entrega. Jesús da su firma a santa Faustina, a Eugenio Kazimirowski y a todo espectador que mire el cuadro. A sor Faustina por revelación, a Kazimirowski por ser el pintor material (el ejecutor), y al espectador por contemplación, ya que quien contempla este cuadro recibe una llamada de Jesús Misericordioso a confiar en él.
“La firma” del cuadro de la Divina Misericordia es un misterio no solo por esa triple autoría, sino porque la firma es un don, una entrega, y nadie puede dar su firma a otro, como no se pueden dar el rostro o las huellas dactilares. Nadie… excepto Jesucristo en esta imagen. Esta firma de Jesús nos es dada en forma de respuesta. Es evidente que esta “firma” de Cristo (verdadero autor del cuadro): JESÚS, EN TI CONFÍO, es la respuesta que Jesús quiere y espera de todo aquel que venere esta sagrada imagen. Es decir, su firma es nuestra respuesta, nuestras palabras.
Aquí se nos descubre un aspecto más de la grandeza de esta revelación, en que la firma de Cristo es nuestra respuesta al contemplar la imagen con devoción. “Ofrezco a los hombres un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es esta imagen con la firma: Jesús, en Ti confío” (Diario, 327).
Por este motivo, la imagen con la firma es más que un cuadro de pintura, más incluso que un icono, es la síntesis visual de toda la espiritualidad de la Divina Misericordia que viene certificada por esta promesa de Jesús: “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo Mismo la defenderé como Mi gloria”. (Diario, 48).
Promesas del Señor y anuncio de gracias para quienes veneren la imagen de la Divina Misericordia
Punto 48: “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo Mismo la defenderé como Mi gloria”.
Basta una breve aproximación a las palabras de este punto para descubrir en ellas tres promesas:
1) La gracia de la salvación: “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá”.
2) La fuerza suficiente para vencer al mal: “También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos”.
3) La victoria en el último momento: “Y, sobre todo, a la hora de la muerte Yo Mismo la defenderé como Mi gloria”.
II. En un segundo momento está el anuncio de gracias, que podemos considerar también promesas, si bien las distinguimos porque el Señor no emplea aquí el verbo prometer:
Del punto 570 leemos estas palabras dichas por el Señor a santa Faustina: Por medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias, por eso, que cada alma tenga acceso a ella. (Del punto 570).
El Señor dice que por medio de la imagen colmará a las almas de muchas gracias. Pero no dice qué clase de gracias, con lo cual cabe entender que dejó abierta la puerta a todo tipo de gracias: espirituales, psicológicas y corporales, para uno propio y para los demás, para el presente y para el futuro… Pero hay algo más, porque no dice emplea verbos como dar, conceder, derramar, etc.; sino “colmar”, es decir dar con sobreabundancia, por encima de lo que somos capaces de recibir. Si el Señor no ha puesto límites a las gracias con las que quiere colmar a las almas por medio de esta imagen, no pongamos por nuestra parte limitaciones, pidamos con liberalidad, sin estrechar el campo de nuestras peticiones.
Y, por último, nuevas palabras del Señor, tomadas ahora del punto 742. “A través de esta imagen concederé muchas gracias a las almas; ella ha de recordar a los hombres las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil”. (Del punto 742).
Ahora sí emplea el Señor el verbo conceder. Y podría parecer como si el Señor fuera a restringir el anuncio anterior rebajando la cantidad o la intensidad de las gracias prometidas en el punto 570. No es así. Lo que sí ocurre en esta promesa es que el Señor nos sitúa en una realidad que conviene recordar y es una de las condiciones para alcanzar misericordia. Dios no escatima gracias, no pone límites a su misericordia, que siempre es infinita, pero los hombres sí podemos ponerlos, bien con la falta de confianza, bien por la dureza del corazón que no quiere arrepentirse, bien, como en este recordatorio, por la ausencia de obras de misericordia. En el punto de donde está tomada esta cita, el Señor le dice a santa Faustina: “Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte”. Y posteriormente le indica tres formas jerarquizadas de ejercer la misericordia: “La primera – la acción, la segunda – la palabra, la tercera – la oración”.
Para terminar esta exposición sobre las promesas, no está de más comentar que el cumplimiento de las promesas que Dios nos hace está asegurado porque Dios nunca deja de cumplir su palabra, pero no son incondicionales, sino que siempre están asociadas a la rectitud de intención, a la colaboración con la gracia y al ejercicio de la caridad con Dios y con el prójimo. Bien sean las promesas que tenemos en la revelación pública (las que hace Jesucristo), que son muchísimas, bien las que nos han llegado a través de revelaciones privadas aceptadas por la Iglesia, como son las promesas del Sagrado Corazón de Jesús, las del Inmaculado Corazón de María, estas de la Divina Misericordia, etc., si no hay una vida de correspondencia con la gracia, no servirán de mucho.
Si alguien habitualmente siente hacia la imagen una atracción afectiva fuerte, se le despierta un movimiento de fervor, y, como consecuencia, reza ante ella, la propaga, habla de ella, pero luego desoye inspiraciones del Espíritu Santo, si desprecia sus dones, si lleva una vida mundana, no puede esperar lo prometido porque él mismo se estaría autoexcluyendo. Es verdad que Dios es un Dios fiel, que no miente y cumple lo prometido, pero con Dios no se juega, de Dios nadie se burla, dice la Escritura.
Errores en el tratamiento de la imagen
El campo de la iconografía religiosa es –si no infinito– sí ilimitado porque la creatividad humana no tiene límites. La Revelación es una fuente inagotable de creaciones artísticas. ¿Quién puede decir cuántas imágenes hay de la infancia de Jesús: de su nacimiento, de la adoración de los Reyes, de la huida a Egipto?, ¿cuántas de los milagros de su vida pública?, ¿cuántas de su pasión?, ¿cuántas de la Iglesia primitiva, de las correrías apostólicas de san Pablo? En todos estos casos tenemos unos hecho revelados y a partir de ahí, ateniéndose al relato de esos hechos, los diferentes artistas componen sus obras.
Pero la imagen de la Divina Misericordia ofrece una singularidad y es que procediendo de una revelación (privada), lo que se nos revela es una imagen, no es una revelación basada en palabras, no es el relato de unos hechos que luego el artista interpreta según su inspiración. Este origen de la imagen de la Divina Misericordia es la clave para ubicarnos ante ella, y para entender acerca de cómo debe ser tratada.
Los errores que se cometen con esta imagen proceden de dos campos: de pasar por alto el dato fundamental de la finalidad: para qué se nos hadado esta imagen revelada, y el de introducir modificaciones en la revelación que recibió sor Faustina.
Tenemos que preguntarnos cuál es la finalidad de la imagen de la Divina Misericordia, para qué se nos ha dado. La respuesta de Jesús es la veneración de la imagen, es decir el culto a Dios, Uno y Trino, en su misericordia. El Señor ha querido que sea venerada la imagen según el modelo que él hizo ver a sor Faustina y de la veneración según ese modelo ha hecho depender esas promesas y esas gracias extraordinarias antes comentadas.
Pero vemos también que esta imagen se usa con otros fines distintos del culto. Por ejemplo, la cartelería, objetos de recuerdo, de decoración, en portadas de publicaciones: estampas, libros, folletos, etc. Son fines legítimos, que pueden contribuir a recordar los mensajes de la Divina Misericordia, a aumentar la piedad de los fieles, a difundir la devoción, a suscitar interés por ella, etc.
El criterio de finalidad es determinante para la composición de imágenes de la Divina Misericordia. Cuando la finalidad es el culto, el artista ha de atenerse a las exigencias del modelo. Si hay otras finalidades distintas del culto, como las que acabo de citar, las exigencias son mucho menores.
Si la finalidad al componer un cuadro de la Divina Misericordia es el culto, y si hemos de atenernos al modelo dado por el Señor, hay que hacerse esta pregunta: ¿cuál es la imagen modelo?, ¿cuál es –podríamos decir– la verdadera imagen de la Divina Misericordia? Es una pregunta que se repite con frecuencia entre quienes comienzan a tener interés por esta devoción.
Respuesta: No hay una única imagen verdadera porque no existe una imagen modelo, que pueda servir de patrón. El único modelo para realizar imágenes de la Divina Misericordia es la descripción que nos ha legado sor Faustina en el Diario. Existe, eso sí, una primera imagen, la que pintó Eugenio Kazimirowski, a la que hay que conceder un lugar preferente entre todas las imágenes porque es la que se pintó bajo las instrucciones de santa Faustina, pero esa primacía no confiere a la imagen de Kazimirowski el título de exclusividad ni tiene el privilegio de ser el prototipo al que deban ajustarse las demás.
El campo para la composición de imágenes de la Divina Misericordia es un campo muy abierto, dado que es válida para el culto toda imagen que contenga y respete los elementos presentes en la revelación recibida por sor Faustina y transmitida en el Diario, quedando los aspectos no revelados a la libre interpretación del artista.
Lo que no es válido para el culto es añadir, quitar o modificar elementos expresamente indicados en el Diario, si bien, a la hora de interpretar artísticamente la descripción de sor Faustina, a todo artista le asiste el derecho de creatividad.
Son errores frecuentes en imágenes dedicadas al culto:
– Presentar la imagen de Jesús incompleta: solo el busto, solo el rostro, una imagen de tres cuartos.
– Presentarla no de frente, sino de perfil.
– Presentar la imagen sin la firma: Jesús, confío en ti.
– Presentar a Jesús Misericordioso sentado.
– Coronar la cabeza de Jesús con coronas de espinas o coronas regias.
– Incorporar al cuadro otras personas, aunque sean la Virgen María, san Juan Pablo II, o santa Faustina.
– Hacer visible el corazón de Jesús.
– Cambiar el atuendo de Jesús, sobreponiendo otros elementos a la túnica, como capas, mantos, estolas, etc.
– Cambiar el color de la túnica.
Es preciso insistir en que algunas de estas variaciones pueden ser válidas para dar a conocer la devoción de la Divina Misericordia, para la cartelería, para tarjetas de felicitación, etc., pero no para el culto.
